Posteado por: El Conde | 5 enero 2008

LAS COORDENADAS CULTURALES

LAS COORDENADAS CULTURALES

por Eduardo Anguita

desde Villavicencio, Colombia, 30-12-07, al mediodía

 

“Qué son tres días más o tres días menos si los colombianos esperamos 40 años”, dijo un parroquiano cuando se enteró de que el gobierno de su país extendía el plazo para que se concretara el operativo humanitario que se viene extendiendo de modo preocupante en los últimos días. Al lado, este cronista y muchos otros, siguieron las vicisitudes desde el momento mismo en que el ex presidente Néstor Kirchner abordó hace cuatro días un avión con destino a Caracas, Venezuela, para encabezar una misión multinacional que permita a Clara Rojas y su hijo Emmanuel así como a Consuelo González volver con sus familiares, los que quedaron en Caracas el sábado mientras el resto se desplazó hasta esta ciudad, cabecera del departamento del Meta, a 100 kilómetros de Bogotá y al lado de las montañas en las cuales desde hace décadas las FARC se refugian y luchan con una violencia que no termina y cuyas coordenadas culturales son imposibles de entender aún para la mayoría de los actores de esta sociedad atravesada por la muerte.

“Las coordenadas”, o la falta de ellas, fue la denominación de Hugo Chávez para referirse a la información precisa del lugar donde una patrulla guerrillera dará fin al cautiverio de estos tres “retenidos” como llaman las FARC. Falta verles la cara y escuchar las historias de estas dos mujeres que pasaron años en cautiverio.

Se habla, por estas horas, en el calor tórrido de una Colombia pujante, en esta región rica en producción agropecuaria, petróleo y oro, de las alternativas inmediatas, pero poco se menciona cómo podría ser el futuro. Es decir, ¿si las Farc liberan a tres secuestrados como gesto de buena voluntad, habrá más gestos unilaterales o el gobierno de Uribe estará dispuesto a soltar guerrilleros presos?

La violencia no para mientras los emisarios internacionales y los cronistas seguimos el desenlace de este episodio. Las Farc tienen 40 años de vivir y morir en la montaña. Su jefe histórico, Manuel Marulanda Vélez, comenzó sus luchas en 1948, cuando sólo tenía 18 años y el líder popular Jorge Elíecer Gaitán moría asesinado por la oligarquía bogotana. Marulanda no conoce Bogotá, nunca fue al cine, su cuerpo fue atravesado por balas, perdió a miles de hombres y siempre logró tener a otros miles. Le gusta el tango, lo baila y, a veces, de reuniones en plena selva, hasta lo baila.

Sin embargo, los colombianos no quieren ni oir hablar de él. O al menos así lo declaran cuando algún encuestador intenta saber si hay simpatías con ellos. Poco se sabe sobre cómo reclutan sus miles de soldados y controlan zonas selváticas. Son 60 los frentes en los que están instaladas unidades de combate de las Farc. El gobierno habla de 10 guerrilleros en armas. Otras fuentes duplican ese número. Tampoco se sabe cómo se financian, pero no hay dudas de que se cruzan rescates de secuestros con participación en actividades de los carteles narco. Pero, la pregunta que se impone, no es logística u operativa: ¿cuáles son las coordenadas culturales para que esta gente prefiera estar en armas sabiendo que no está pronta una insurrección popular que les prometa un sueño posible? Las Farc, aún con este presente deslucido para los colombianos, son un pedazo de una historia de sometimiento y asesinatos en este país tropical, de gente solícita, sonriente y con las mejores rosas rojas del planeta.

La violencia no es patrimonio de Marulanda y sus seguidores. Los “paras” (paramilitares), como se llama a los grupos mercenarios que llevan más de 15 años con apoyos oficiales (especies de AAA de los años 74 y 75 en Argentina), fueron la mano izquiera del Estado y la burguesía bogotana para lograr un atajo y terminar con las FARC. Hoy, desmovilizados y en crisis, esos “paras” se dedican casi en exclusivo a negocios de narcotráfico: son no menos de 7.000 ex mercenarios -que incluyen chilenos y argentinos de los años de dictaduras- que se reparten apoyos de servicios de inteligencia internacionales, amparos oficiales y el paraguas del poder del dinero del narco, que abre más puertas que la política en muchos casos.

Álvaro Uribe no es sólo un presidente inteligente, aún para quienes no lo apoyan. Es, además, un presidente combatiente, hijo de un muerto por las FARC, un estimulador de combatir a la guerrilla con mercenarios, un amigo del Plan Colombia devenido Plan Patriota, que no es más que la ingerencia norteamericana en la vida de este país.

Colombia es un país rico, y con recambio electoral, pero no sale de la violencia circular. Ni siquiera los vientos de este intento del presidente venezolano Hugo Chávez que cuenta con la participación concreta de dos latinoamericanos de mucho peso -Kirchner y el brasileño Marco Aurelio García- logran calmar los disparos de fusiles y cañones.

Todavía no terminó el operativo Emmanuel. Todavía no escuchamos las voces de Emmanuel, un chico nacido en la selva, ni la de su madre, Clara, que fue secuestrada junto a Ingrid Betancourt, cuando integraban una fórmula presidencial. Tampoco la voz de Consuelo, una legisladora liberal, del mismo partido de Uribe. Sus voces, sus historias, atravesadas del atropello más horrible, quizá sean las voces templadas en el dolor. Ojalá podamos escucharlas. Ojalá la misión que Kirchner decidió encabezar sea una señal para que estas tierras latinoamericanas cuenten, como otras, con un futuro distino.

Las horas avanzan, las versiones también, volvemos a estar pendientes del detalle, de la noticia. Que el arbol no nos tape el bosque.


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