Posteado por: El Conde | 5 enero 2008

La operación Emmanuel vista con ojos argentinos

La operación Emmanuel vista con ojos argentinos

por Eduardo Anguita

 

El mundo se vio sacudido por dos noticias cerca de finalizar el 2007. En Pakistán, un país controlado por Estados Unidos para desplegar su “guerra al terrorismo”, asesinaban a Benazir Buttho; mientras tanto, en Venezuela comenzaba un operativo humanitario destinado a recuperar a tres rehenes de las FARC, en un conflicto que parece sin fin. Los principales protagonistas de esta iniciativa son políticos latinoamericanos que quieren cooperar con la paz en Colombia, un país con medio siglo de violencia política y un gobierno autoritario que insiste con su alineamiento al belicismo norteamericano. Un grupo de periodistas argentinos estuvimos los cinco tensos días que duró este intento de recuperar a Consuelo González, a Clara Rojas y a su hijo Emmanuel. Esta crónica no tuvo un final feliz pero el intento de este operativo humanitario abrió puertas que ya no se cerrarán. Por otra parte, los cronistas que hicimos este viaje, accedimos a las mejores fuentes para saber qué hay detrás del discurso el presidente Uribe que puso en duda que Emmanuel esté junto a su madre y en manos de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

 

Se inicia el viaje

El jueves 27 de diciembre al mediodía en Buenos Aires hacía calor. Néstor Kirchner sabía que en el departamento del Meta, al este de Colombia, el clima sería mucho más duro. Con la compañía del canciller Jorge Taiana y de un equipo muy pequeño de colaboradores, decidió viajar como garante internacional de un operativo puesto en marcha para que los familiares de Clara Rojas, su pequeño hijo Emmanuel y Consuelo González pudieran reunirse con ellos a la brevedad posible, quizá brindar y abrazarse para empezar juntos el 2008.

A los periodistas invitados se nos aclaró que debíamos llevar ropa liviana, de color claro, calzado adecuado para terreno boscoso y repelente. Era el protocolo que también debían cumplir los garantes internacionales en caso de poder acceder al punto en el cual serían liberados los rehenes.

El convite era demasiado fuerte, no tanto porque el pedido a Kirchner fuera de parte de los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez, y de Francia, Nicolas Sarkozy. Ni tampoco porque otro de los garantes fuera la mano derecha de Lula Da Silva, el intelectual y militante Marco Aurelio García. La potencia de la misión era que Clara, Emmanuel y Consuelo están en manos de las FARC, la guerrilla más antigua del continente, y que sus historias de vida bien valen ese viaje y cualquier otro esfuerzo para que termine su calvario. Además, porque si ese primer paso sale bien, Kirchner sabe que puede sumar un granito de arena a que muchos otros rehenes de las Farc y prisioneros políticos en manos del Estado colombiano puedan reencontrarse en libertad con sus familias y abrir un hilo de luz sobre la paz en ese país, de selvas, montañas, historias mágicas, café, esmeraldas, coca, tráfico de cocaína, cumbia y las mejores rosas rojas del planeta.

 

El convite

Este cronista recibió de su editor, como algunos otros, la posibilidad de viajar: primero sería Caracas, donde Kirchner se reuniría con los otros garantes, y con los familiares de los prisioneros. Eso fue la noche del miércoles 26. No había tiempo que perder.

La primera tarea periodística en Colombia yo la había cumplido en 1992. Fueron una serie de crónicas a partir de un dato desgarrador: los muertos por violencia política y delictiva en Colombia, el año anterior habían superado las víctimas de la guerra del Golfo conocida como Tormenta del Desierto, ese operativo militar norteamericano para escarmentar al iraquí Sadamm Hussein por haber osado atacar Kuwait, un aliado imperial. Colombia estaba atravesada por venganzas entre carteles de la droga, por luchas entre guerrilleros y militares, pero además por un estilo clavado en la cultura cotidiana: los colombianos tienen las sonrisas más tiernas, el saludo más educado y, sin embargo, sus disputas de vecinos o familias pueden terminar con varias muertes.

La idea de una comisión internacional de políticos latinoamericanos que se planteara acercar posiciones en un conflicto que parece no tener fin produce entusiasmo, despierta endorfinas, dan ganas de seguirle el pulso de cerca. No porque el resultado, a primera vista, fuera sencillo, sino porque hay un dato para la autoestima de los países de esta región latinoamericana: no hay dictaduras militares, no hay conflictos armados entre naciones vecinas y, salvo en Colombia, no hay insurgencias. Por el contrario, los conflictos y las demandas sociales -que las hay y con justicia- se canalizan democráticamente.

Ese mediodía del jueves 27 de diciembre el avión partió a Caracas. En un hotel cerca del Palacio presidencial de Miraflores, se reunirían muchos otros periodistas y políticos, pero también la madre de Clara Rojas, los hijos de Consuelo González y muchos otros familiares de retenidos por las FARC, Hacia allí fuimos.

 

Los antecedentes inmediatos

El 21 de noviembre, el presidente venezolano Hugo Chávez hacía una escala en París antes de participar en la cumbre petrolera de Arabia Saudita. Chávez le había dicho a su colega Nicolas Sarkozy que llevaría pruebas de vida de que Ingrid Betancourt, la candidata presidencial en manos de la Farc desde febrero de 2002. Betancourt viajaba al departamento de Caguán, para hacer campaña proselitista. Un lugar peligroso: días antes se había roto una tregua entre las Farc y el entonces presidente Andrés Pastrana. Una patrulla guerrillera detuvo a Betancourt y la llevó. Su compañera de fórmula, Clara Rojas, se agarró a su amiga y la patrulla se la llevó también. Betancourt, de nacionalidad franco colombiana tenía 40 años, hijos y muchos sueños por cumplir. La politóloga y abogada Rojas tenía el pelo lacio, usaba rodete por sus modos serios y no tenía hijos.

Chávez había prometido llevar una prueba de vida. En verdad, llevaba una carta firmada por el mítico líder de las Farc, Manuel Marulanda Vélez, de 77 años y 50 de estar curtido en los montes al frente de una guerrilla que tiene no menos de 10 mil hombres y mujeres en armas. Además de la carta, Chávez se había reunido con dos emisarios de Marulanda en Caracas. Eran nada menos que Iván Márquez y Rodrigo Granda, miembros del secretariado nacional de las FARC, el máximo órgano de decisión. Para esta misión, Chávez contaba con el respaldo de la senadora colombiana Piedad Córdoba, siempre en contacto con los familiares.

Los rumores, por esos días, aseguraban que un sector de las FARC quizá liderado por otro líder de peso, Raúl Reyes, se oponía a la negociación encarada por Marulanda vía Chávez. Otros aseguraban que el dilema de la guerrilla no se debe a una interna sino a un motivo de supervivencia: los rehenes son una garantía para evitar los bombardeos masivos o el uso de Napalm y desfoliantes.

No bien el presidente venezolano pisó París debió excusarse por no llevar una foto o un video de Ingrid que fueran recientes y que probaran que cualquier negociación sería sobre la base de certeza de vida. Los hijos de Ingrid y la prensa francesa de esos días mostraron su decepción, su tristeza. La pena era porque ya se le estaban poniendo números a la negociación: las Farc ponían a disposición un grupo de 47 rehenes y reclamaban 500 prisioneros políticos a cambio. Una punta para empezar a serenar las almas, un punto de partida para el diálogo.

Apenas 10 días después de la escala en París, esta historia tuvo otro capítulo. Una demostración de cuántas cosas se mueven en secreto, con infiltraciones y operativos de inteligencia y espionaje: soldados colombianos detienen en Bogotá a tres miembros de las FARC que tenían en su poder videos, fotos y cartas con pruebas de vida de Ingrid y de otros 13 rehenes, tres de ellos hombres de la inteligencia norteamericana capturados por los guerrilleros en febrero de 2003 cuando derribaron la avioneta en la que se desplazaban en plena selva del sur colombiano y los tomaron prisioneros.

El operativo de Uribe fue tomado por Chávez como una piedra en el camino a la negociación. El hijo menor de Ingrid, Lorenzo Delloye, afirmó lo mismo, y agregó que todo lo que se estaba logrando era gracias a los esfuerzos de Chávez. Un respaldo que no era exclusivo de la familia de Betancourt sino que se hacía extensivo a todos los familiares de rehenes de las Farc que le afirmaron a este cronista: “Uribe jamás nos recibió, nunca se interesó por solucionar esto”.

 

Operativo transparencia

Lo que Kirchner y Taiana tenían por misión tenía, también una historia argentina. Taiana, siendo embajador argentino en Guatemala, en los noventa, había conocido a Yolanda Pulecio, madre de Betancourt. Pulecio era embajadora de Colombia. Taiana luego conoció la selva colombiana, fue al integrar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a fines de los noventa. Cuando Ingrid fue secuestrada Taiana se puso en contacto con su madre. Siendo canciller se interesó en cuanto pudo, al menos para estar cerca de Pulecio. Cuando Cristina Fernández de Kirchner inició su campaña presidencial, Taiana organizó el encuentro entre las dos mujeres.

El sueño, la identificación, parece básica: una mujer en campaña electoral es detenida y puede recuperar la libertad, una posibilidad concreta para volver a la política activa y mostrar cuántas mujeres luchadoras tiene esta América latina todavía conservadora y machista.

Si estos datos explican por qué Argentina se involucra, son sólo una muestra de la importancia que tomó la vigencia de los derechos humanos bajo el gobierno de Kirchner, que logró el concurso activo de las madres y las abuelas de Plaza de Mayo, que logró una Corte independiente, que impulsó los juicios a los genocidas y que garantizó el derecho a la libertad de protesta sin represión.

Kirchner, apenas 17 días después de dejar el ejercicio del gobierno, se metía en su primera tarea de envergadura si más investidura que su experiencia y su prestigio como mandatario de un país que vivió luchas internas y una represión estatal genocida. Ahí estaba, volando para llegar a Caracas ese 27 de diciembre a la noche y ser recibido por un Hugo Chávez exhultante, verborrágico, convencido de que marchaba a paso firme.

 

Los tiempos eran otros

Pero, ¿cuál es la historia de Colombia? Nos preguntamos a esta altura. Gabriel García Márquez, el mejor periodista y escritor vivo en Latinoamérica, escribía el 31 de agosto de 1983 un artículo que tituló ¿En qué país morimos? Allí refiere a las notas publicadas en El Tiempo por el también colombiano Germán Santamaría.

“Santamaría ha dicho que por el Magdalena Medio (un río en cuya cuenca vivían entonces 800.000 habitantes) bajan los cadáveres podridos con los gallinazos encima, y que las autoridades de la ribera han decidido no recogerlos por su bundancia y su mal estado. Ha contado que en la aldea de Santo Domingo fueron exterminados todos sus hombres, y que sus viudas, con los niños, pasan las noches en los montes vecinos desveladas por el terror (…) Hace poco un campesino que logró escapar de una matanza empezó su relato con una frase que barrió de un solo trazo a muchos años de literatura tremenda: ‘los muertos fuimos cinco’ (…) Son las mismas señas de identidad de aquella otra violencia que asoló al país desde 1948 y que causó una mortandad calculada por la prensa de la época en 450.000 hombres, mujeres y niños en diez años. Que esta tragedia vuelva a salir a flote tan pronto como las condiciones sociales le sean propicias, y que lo haga con las mismas formas de su salvajismo primitivo, es algo que hace pensar en quién sabe3 qué componentes enfermizos e irremediables de nuestra personalidad nacional”.

Si no fatídicas, las palabras del genial escritor, son al menos un crudo golpe a cualquier ilusionismo respecto de qué puede hacer en unos pocos días una comisión de garantes internacionales dispuesta a colaborar pero sin interferir en los asuntos internos de un país soberano. El gran problema es que Colombia no está sola: Estados Unidos implementó el Plan Colombia con la excusa de combatir el narcotráfico. Luego lo llamó Plan Patriota, un eufemismo para ocultar precisamente la injerencia de las tropas imperiales. El propósito humanitario de la misión tiene sí un interés político: distender, propiciar el diálogo, evitar la lógica del espiral de la muerte funcional al intervencionismo extranjero.

Vale la pena recalcar que la misma mañana del 31 de diciembre, Uribe mantuvo una larga conversación telefónica con George Bush. Para tranquilidad de su colega, el presidente colombiano ratificó su alineamiento con la Casa Blanca.

 

La vuelta

Uribe había previsto todo: los aviones en los que regresarían los comisionados y personalidades extranjeras debían partir del aeropuerto civil de Villavicencio que no operaba con luz artificial. En consecuencia, después de la conferencia de prensa dada al mediodía, con tono guerrero y con civiles armados con fusiles M1 y M16 al lado de los periodistas que lo escuchábamos, todos debíamos abandonar Colombia lo antes posible. A las cinco de la tarde, Néstor Kirchner leyó el comunicado elaborado por la comisión en el que daban fin a este viaje y se comprometían a colaborar cuando fuera posible. Es decir, cuando las FARC liberaran a los rehenes y cuando el gobierno de Uribe diera garantías de no beligerancia en la región. Tratándose de vidas humanas en juego no importa si va primero el huevo o la gallina.

El calor era fuerte, el sol caía inexorablemente despidiendo el año y las turbinas de los aviones rugían de dolor. Colombia quedaba sola, sumergida entre cañitas voladoras, sones de cumbia, hermosas mujeres, jóvenes delgados y curtidos en el arte de matar y un presidente aclamado por los votos populares dispuesto a aplicar la misma medicina que lo llevó al poder cinco años y medio atrás: la violencia del Estado más la de los paramilitares es su garantía de paz. Uribe, enfundado en su sombrero de ala ancha, con su camisa blanca de lino y su poncho con la bandera nacional, es Colombia. No necesita de buenos oficios.

Los periodistas argentinos nos mirábamos. Volvíamos a casa. Pasaríamos la nochevieja en el aire, estaríamos el primero de año entre los nuestros. Los pilotos del avión oficial habían hecho una picardía: habían dejado el boeing en el aeropuerto militar en vez del civil, ahí no había excusas de falta de luz. Los aeropuertos militares no descansan. Subíamos excitados. Alguien recordó que la madre y el hermano de Clara Rojas, que las hijas y la nieta de Consuelo González, quedaban en Caracas, con los regalos sin abrir y con las lágrimas por derramar.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: