Resultados del Operativo Emmanuel
Por Eduardo Anguita
Todavía queda un registro muy cercano del 31 de diciembre en Villavicencio, un fin de año tórrido sin el resultado esperado. Ni Consuelo González, ni Clara Rojas ni su hijo Emmanuel iban a abrazarse y empezar este 2008 con los suyos. Eran las doce del mediodía y era casi una certeza. Los periodistas estábamos encajonados en un descampado de la base de la Fuerza Aérea, cercados por apenas un precinto plástico de esos que se ponen para los accidentes. Del otro lado, decenas de militares en uniforme de combate, pero mirando hacia nosotros. Para que nos quedara claro: nos observaban, nos escaneaban en cada movimiento. Pasaron dos horas sin que nos trajeran agua o algún sándwich. A las dos de la tarde, salió Álvaro Uribe de una oficina que estaba a 200 metros del lugar donde recibiríamos la información. Vestido de blanco impecable y sombrero a lo Juan Valdés, rodeado de su estado mayor. Lo sorprendente, para nosotros, era que ni Néstor Kirchner, ni Marco Aurelio García, ni los delegados de la Cruz Roja Internacional estaban con él. Era la señal inequívoca de que el camino del diálogo con las FARC retrocedía. Cuando Uribe se acercó al micrófono, una decena de soldados, esta vez de civil pero con fusiles de combate preparados, se entremezclaba entre los periodistas. Tenían ojos de halcón. Cualquier movimiento de una cámara o de un grabador los ponía en alerta. Los gestos, la escenografía, eran tan elocuentes como las palabras del presidente de Colombia. Habló una hora y cuarto sólo para repetir que las FARC eran terroristas mentirosos y para dar una hipótesis -como remarcó- sobre la identidad del niño Emmanuel. Según Uribe, el niño no está en poder de las FARC sino en un hogar sustituto de Bogotá y fue detectado, oh casualidad, una semana atrás.
Anncol (Agencia Nacional de Noticias de Colombia) publicó ayer que el supuesto campesino José Crisanto Gómez, quien según Uribe habría llevado al niño al instituto hace más de un año, es un militante activo del partido Colombia Vive, orientado por el mismo Uribe. Aún es un misterio dónde está Emmanuel pero de algo no cabe duda: retrocedimos, como en el juego del ludo, varios casilleros en vez de avanzar uno. Es decir, en vez de tener al niño en libertad, ahora debemos meternos en intrigas para saber si una prueba de ADN se hace en cuatro o en quince días. Y las cosas por su nombre: las FARC juegan al gato y al ratón. Parece cierto que los militares no habían cesado las operaciones (hasta la finca donde estaba alojado Néstor Kirchner estaba vigilada de modo ostensible) y que eso complicaba la entrega de los secuestrados, pero, ¿no pueden las FARC enviar una grabación o una foto de ellos con la portada de un diario de esos días? ¿No pueden dar “coordenadas” sobre cómo está Emmanuel? La noche caía y se escapaba el año 2007, con él se escapaba, como una anguila entre las manos, una bocanada de aire fresco en el país más convulsionado de Latinoamérica.
La misión humanitaria y la política
Las coordenadas históricas de Colombia son muy duras. Una guerrilla formada por sobrevivientes de las matanzas que cobraron miles (Gabriel García Márquez habla de 400 mil) de vidas desde que estalló el Bogotazo en 1948 hasta que se formó el Frente Nacional, un eufemismo para justificar la alternancia de gobierno de los dos partidos de familias ricas (liberales y conservadores) que utilizaron las Fuerzas Armadas para perseguir y matar opositores a ese sistema de dominación. Así surgieron las FARC, como otros grupos insurgentes, se establecieron en las selvas y las montañas y participaron de al menos cuatro tratativas de paz en los últimos veinte años que terminaron siempre en engaños. El último diálogo fue con el conservador Andrés Pastrana y cuando el liberal Álvaro Uribe ganó las elecciones de 2002 puso fin a cualquier negociación. Uribe, cuyo padre fue muerto por las FARC, fue uno de los fundadores de “las Convivir”, como se conoce a las escuadras paramilitares encargadas de las faenas sucias. Las Convivir fueron desmovilizadas hace unos años, pero se reagrupan y las cifras resultan elocuentes: entre 20 y 30 diputados nacionales uribistas están procesados o condenados por narcodelitos o por asesinatos, hay no menos de 7.500 mercenarios en armas que alternan el tráfico de drogas con la persecución a opositores de Uribe, cuya pertenencia a las FARC es el escudo para crímenes aberrantes.
Estos son datos de la realidad. Pero una misión de dirigentes políticos encaminada a rescatar personas secuestradas por las FARC no debe inmiscuirse en asuntos internos. No puede decir que el secuestro masivo es un delito aberrante y que no lo justifica la historia. Tampoco puede develar la trama de intereses que George W. Bush y la CIA tienen en Colombia, de donde proceden los mayores cargamentos de clorhidrato de cocaína que ingresan a Estados Unidos.
Esta comisión, que ojalá continúe en su cometido, debe buscar caminos de entendimiento, aceptar “los tiempos” de las FARC, reconocer en Álvaro Uribe la autoridad constitucional del país y ofrecerse sólo si las partes en conflicto aceptan sus buenos oficios. Parecía una verdad consagrada que la mediación en causas humanitarias en nuestro sufrido continente sólo aceptaba a líderes religiosos -cristianos- o a personalidades del llamado Primer Mundo. En buena hora que la paciencia y la inteligencia de prestigiosos dirigentes políticos de Brasil, Argentina, Cuba, Ecuador, Venezuela y Bolivia hayan desembarcado en Colombia por una justa causa. Ahora sí: que el próximo intento sea menos impactante y más certero. Todavía, a quienes estuvimos esos días en Caracas y en Villavicencio, nos queda en los oídos la voz esperanzada de los familiares de Clara y de Consuelo.